Este camino y concepción deberán partir del supuesto de que el “yo” es una caída, que la personalidad es un “pecado”, que hay que corregir, redimir. Y hasta cierto punto tendrían razón, en el sentido de que el “yo” y la individualidad nacen como algo único en todo el Universo, y, quizás, en todos los Universos; algo impensado, jamás soñado y que ha sido hecho posible por la encarnación de una Divinidad, de un Ser de espíritu puro, en el mundo de la carne, corrupto por el Demiurgo.

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